Cuando la Gran Ruptura amenazaba con borrar a la humanidad de Gemoria, un rey se negó a rendirse. Su nombre era Asthor. Su reino era Armania. Su espada, Asterion, respondía al maná como si fuera parte de su propia sangre.
Armania era la mayor de las siete grandes ciudades humanas: la que había resistido más tiempo mientras las otras caían. Sus murallas eran de piedra oscura, sus salones estaban tapizados de estandartes viejos, y sobre su trono se sentaba un hombre que, hasta entonces, había sido considerado un rey más entre otros. La Ruptura lo cambió todo.
Los cronistas cuentan que Asthor no lloró cuando le informaron de la caída de Aerhun. Tampoco cuando cayeron Morvain, Kalen'Dur y Threnhold. Lloró, sí, cuando un mensajero le trajo una espada rota y le dijo que era todo lo que quedaba de su hermano menor.
"Los Nueve nos dieron afinidad con todas las fuerzas. Los otros solo dominan una. No perderemos. Hemos venido a este mundo justamente para no perder." — Discurso de Asthor en la unificación de los reinos
Asterion, la espada que escucha el maná
La espada del rey no era un arma común. Forjada en los talleres antiguos de Armania, Asterion respondía al maná de quien la empuñaba: cuanta más energía se le entregaba, más ardía, más cortaba, más lejos alcanzaba su filo. Solo un humano —con afinidad pequeña pero plural a todas las fuerzas— podía manejarla sin ser consumido por ella.
Bajo el estandarte de Asterion se reunieron las tres ciudades sobrevivientes. Armania al norte. Valdren, verde y silenciosa, en el centro. Lytharia, blanca y sabia, al oeste. Tres ciudades. Tres esperanzas. Tres pilares que quedaban en pie del legado del Corazón de los Mundos.
Los tres golpes
El enfrentamiento final tuvo lugar en la cima de Vhen'Kor, el mismo lugar donde Eldran Veyr había abierto los portales. Asthor subió solo. Al pie de la torre, sus generales aguardaban con lo que quedaba del ejército. En el cielo, aún ardían las nueve grietas.
Nadie sabe con certeza qué se dijeron aquel día Eldran y Asthor. Los cronistas coinciden solo en lo que ocurrió después: al alba, Asthor bajó llevando la Gema en una mano y a Asterion en la otra. Ante los ejércitos que aún combatían, alzó ambos objetos. Y golpeó.
El primer golpe silenció los cielos. Las nueve grietas dejaron de sangrar mundos.
El segundo golpe selló los portales. Miles de criaturas quedaron atrapadas en Gemoria; otras tantas fueron devueltas a la fuerza a sus reinos de origen.
El tercer golpe rompió la Gema en fragmentos. Cada uno conservó parte de su poder original, pero ninguno bastaba por sí solo para volver a abrir el velo. La reliquia forjada por los Nueve Eternos quedó, por fin, dispersada.
"Aquello que nos condenó también nos salvó. Así son las reliquias del principio del mundo." — Anales del Primer Imperio
De Armania a Asterian
Cuando la guerra terminó, Asthor mandó reconstruir su ciudad natal sobre las ruinas del asedio. Pero pidió que no volviera a llamarse Armania. Que aquel nombre había pertenecido a un mundo que ya no existía. Y así, en honor a la espada que había cerrado las grietas, Armania fue renombrada Asterian. Bajo ese nombre nació el nuevo Imperio, junto a sus dos hermanas: Valdren y Lytharia.
Asthor gobernó unos pocos años más. Reorganizó a los supervivientes, enterró a sus muertos, dictó las primeras leyes del Imperio. Y luego, un día, sencillamente desapareció.
Algunos creen que murió en soledad, cansado. Otros dicen que partió más allá de las montañas para asegurarse de que ningún fragmento de la Gema volviera a ser encontrado. Otros, los menos, susurran que aún vive —Asterion clavada en algún templo olvidado— esperando el día en que el mundo lo necesite otra vez.
Sea cual sea la verdad, el nombre de Asthor sigue tallado en cada muralla del Imperio. Y hay quien jura que, cuando la niebla desciende sobre las ruinas de Vhen'Kor, todavía puede oírse el eco de tres golpes de acero sobre la piedra.