El despertar de los fragmentos

Los portales despiertan. Los templos susurran. La Gema regresa.

Durante siglos, todo permaneció en calma. Los fragmentos habían sido dispersados. Los portales, cerrados. Los Eternos, en silencio. Y sin embargo, en los últimos años, algo comenzó a moverse bajo la piel del mundo.

Los tres golpes de Asterion rompieron la Gema, pero no destruyeron su poder. Cada fragmento —por pequeño que fuera— siguió albergando una parte de la esencia que los Nueve Eternos le habían entregado en el principio del tiempo. Y los objetos así forjados no permanecen dormidos para siempre.

Fue en un pequeño puesto fronterizo llamado Kelmoor, al noreste de Valdren, donde apareció el primero en despertar. Un mercader lo encontró entre las raíces de un árbol seco: tenía el tamaño de un puño, era púrpura profundo y latía con una luz cálida que no venía de ninguna llama. Cuando lo tomó en sus manos, escuchó voces por primera vez en su vida. Y muchos años después de la Gran Ruptura, aquellas voces volvían a ser humanas.

"Creímos que la habíamos quebrado para siempre. Nos equivocamos: solo la dormimos. Y ahora despierta." — Informe del Consejo de Lytharia

Los signos que nadie quiso ver

Los fragmentos no fueron el primer signo. Meses antes ya habían empezado a suceder cosas extrañas. Las bestias que habitaban las Tierras Prohibidas se multiplicaban con rapidez sospechosa. Los templos abandonados —algunos sellados desde los tiempos de Asthor— comenzaron a emitir sonidos por la noche. Los ríos cambiaban de sabor. Manantiales secos volvieron a manar sin causa aparente.

Los primeros cazadores que se aventuraron a investigar volvieron con historias que ningún consejero quiso creer: dragones jóvenes patrullando cielos que llevaban siglos vacíos, orcos organizándose en campamentos con banderas, marcas de fuego frío grabadas en piedras que nadie recordaba.

La Reconquista

El Imperio no tardó en actuar. Se decretó la Reconquista de las Tierras Prohibidas: una campaña sin precedentes destinada a recuperar territorios perdidos, sellar templos y —esto se dijo en voz baja— recuperar los fragmentos antes de que otros los encontrasen primero.

Se reclutaron exploradores, cazadores, magos y mercenarios. Se abrieron las puertas de las academias por primera vez en generaciones. Se armaron caravanas. Nunca, desde los tiempos de Asthor, tantos aventureros habían partido de los muros del Imperio al mismo tiempo. Y nunca la Gema estuvo tan cerca de volver a ser una sola.

Las voces incómodas

Pero no todos estaban de acuerdo. En Lytharia, un grupo de eruditos comenzó a hacer preguntas que la corte de Asterian consideraba herejía: ¿por qué reaparecen los fragmentos justo ahora? ¿Fueron realmente escondidos por Asthor, o alguien los está devolviendo? ¿Y si la historia que aprendimos en las escuelas no es del todo cierta?

Otros iban más lejos aún. Susurraban que las voces que se oían al tocar los fragmentos no eran las de los invasores. Que sonaban como humanos. Que sonaban, incluso, como los propios muertos de la Gran Ruptura. Y que había un nombre —llevaba siglos prohibido pronunciarlo en el Imperio— que empezaba a repetirse en los templos vacíos: Eldran Veyr.

◈ ◆ ◈

Los portales despiertan. Los templos susurran. La Gema vuelve poco a poco a reunirse en las manos de quien sepa buscarla.

Y mientras el Imperio celebra su reconquista, una pregunta se extiende como una grieta bajo cada trono, cada torre y cada juramento:

¿Qué ocurrirá cuando los fragmentos vuelvan a reunirse... y en manos de quién?

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